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jueves, 15 de julio de 2010

Insectíada

Juan José Arreola

Pertenecemos a una triste especie de insectos, dominada por el apogeo de las hembras vigorosas, sanguinarias y terriblemente escasas. Por cada una de ellas hay veinte machos débiles y dolientes.
Vivimos en fuga constante. Las hembras van tras de nosotros, y nosotros, razones de seguridad, abandonamos todo alimento a sus mandíbulas insaciables.
Pero la estación amorosa cambia el orden de las cosas. Ellas despiden irresistible aroma. Y las seguimos enervados hacia una muerte segura. Detrás de cada hembra perfumada hay una hilera de machos suplicantes.
El espectáculo se inicia cuando la hembra percibe un número suficiente de candidatos. Uno a uno saltamos sobre ella. Con rápido movimiento esquiva el ataque y despedaza al galán. Cuando está ocupada en devorarlo, se arroja un nuevo aspirante.
Y así hasta el final. La unión se consuma con el último superviviente, cuando la hembra, fatigada y relativamente harta, apenas tiene fuerza para decapitar al macho que la cabalga, obsesionado en su goce.
Queda adormecida largo tiempo, triunfadora en su campo de mortales despojos. Después cuelga del árbol inmediato un grueso cartucho de huevos. De allí nacerá otra vez la muchedumbre de sus víctimas, con su infalible dotación de verdugos.


Hasta que el verso quede

F. Hernández


Quitar la carne, toda,

Hasta que el verso quede

Con la sonora oscuridad del hueso.

Y al hueso desbastarlo, pulirlo, aguzarlo

Hasta que se convierta en aguja tan fina,

Que atraviese la lengua sin dolencia

Aunque la sangre obstruya la garganta.

Antes de la Ocultación

María Zambrano

Comencé a cantar entre dientes por obedecer en la oscuridad absoluta que no había hasta entonces conocido, la vieja canción del agua todavía no nacida, confundida con el gemido de la que nace; el gemido de la madre que da a luz una y otra vez para acabar de nacer ella misma, entremezclado con el vagido de lo que nace, la vida parturiente. Me sentí acunada por este lloro que era también canto tan de lejos y en mí, porque nunca nada era mío del todo. ¿No tendría yo dueño tampoco?
La música no tiene dueño, pues los que van a ella no la poseen nunca. Han sido por ella primero poseídos, después iniciados. Yo no sabía que una persona pudiera ser así, al modo de la música, que posee porque penetra mientras se desprende de su fuente, también en una herida. Se abre la música sólo en algunos lugares inesperadamente, cuando errante el alma sola, se siente desfallecer sin dueño. En esta soledad nadie aparece, nadie aparecía cuando me asenté en mi soledad última; el amado sin nombre siquiera. Alguien me había enamorado allá en la noche, en una noche sola, en una única noche hasta el alba. Nunca más apareció. Ya nadie más pudo encontrarme.

XXIX.


si este blanco baldío que llamo página

no alojara tantas traicioneras alimañas

aún estaríamos quitándonos las pústulas del silencio

o las espinas del sometimiento humano

que para el caso es lo mismo

si esta pálida geometría que llamo hoja

no diera asilo a tantas voces en celo

aún insistiríamos en la soez belleza de una vara

partiéndole las costillas a la imprudencia

o amordazándole la boca a los verbos

que para el caso también es lo mismo

si este diminuto espacio que llamo libertad

no contuviera tanto petróleo bajo tierra

aún estaríamos mendigando migajas a los amos de las palabras

o cómo piensan ustedes que los poetas hacen sus fortunas

sino es perforando el fértil suelo de este mínimo terruño

llamado página, hoja o libertad

para el caso sigue siendo lo mismo