Caballo de madera.
Había sido un regalo de cumpleaños. El más lindo que hasta la fecha haya tenido. De un día para el otro las muñecas, los ositos de peluche, los rompecabezas y demás juegos de mesa habían ido a parar al fondo de un gran baúl de madera, junto con los muñequitos y la pelota de trapo que su hermano ya no usaba. El nuevo regalo acaparaba toda su atención, día y noche lo cuidaba celosamente como si fuera un caballito de verdad, como si ese trozo de madera blanca fuera su propia mascota.
Un día, al despertarse, desde su cama notó que las maderas que servían de unión a las patas se estaban desclavando de a poco, por lo que en tan sólo unos segundos salió y volvió con la caja de herramientas de su papá bajo el brazo y dando varios golpecitos secos aseguró las patas a los listones de madera. Un poco decepcionada por la mala calidad del juguete se lo quedó mirando un largo rato, pensando. Dos o tres días después, algo similar ocurrió. No sólo las patas habían vuelto a desclavarse sino que además la pulida madera había ido perdiendo lisura y suavidad comenzando a mostrar pequeñas rajaduras, como si un diminuto sismo hubiera corrido por toda su estructura, agrietándola. Poco a poco fue comprendiendo lo que sucedía, aunque derramara lágrimas inútiles no podía hacer nada, cualquier arreglo que le hiciera sería insuficiente, de modo que así lo dejó.
Por la noche, antes de irse a dormir, tomó una difícil decisión, luego de percatarse de que toda su familia ya estuviera en la cama en puntas de pie fue hasta la puerta de enfrente y quitándole la llave la abrió apenas unos centímetros, después volvió a su cama y en pocos minutos se durmió.
Al día siguiente nada la sorprendió cuando abrió los ojos y vio que el caballito de madera ya no estaba.
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