Mi lista de blogs

lunes, 21 de junio de 2010

Un breve relato necrológico, para que vean que no todo es verso y sinalefa y sinéresis y quiasmo

Post mortem.

A las doce de la noche del seis de septiembre de mil novecientos ochenta y cuatro, tía Elvira tocó mi brazo desnudo y regordete y dijo con un tono inflexible, que más sonó a orden indeclinable que a opinión desinteresada, que yo estaba frío, muy frío, por lo que dio a entender de inmediato de que era preciso arroparme.
Así lo entendieron mis primas, pues aún en mi estado pude percibir los pasos apresurados que se sucedían sobre el piso de madera de la habitación y el abrir y cerrar imperioso de cajones desvencijados. Al instante estaba cubierto hasta la pera de mantas y pañoletas.
Mientras tanto las voces de felicitación a mis padres –que ahogados en un llanto mutuo se abrazaban en una cama contigua a la mía- se repetían de forma incesante, como minutos antes mis gritos desesperados parecían haber roto para siempre la quietud de la casa a la cual llegaba, tras nueve meses de lenta anunciación.
Han pasado quince minutos desde que atravesé el cuerpo de mi madre, todos se agolpan a mi alrededor para forzarme una sonrisa que nunca verán, o para susurrarme palabras tontas e ininteligibles como burrucucucú, agagagagá y piripipipí de mi corazón. Desde mis ojos tiesos veo todo. La partera me mira de lejos, habla con mi madre de que es aconsejable, luego de su esfuerzo, que duerma un poco, que descanse, me mira de vuelta, yo siento las interminables caricias de mis primas como si fueran arañazos de gatas en celo, la partera frunce el ceño sin dejar de mirarme, se me acerca rápido, cada vez más rápido, corre.
Hace frío. Mucho frío. Si supiera hablar –pienso, acaso en una suerte de consuelo- le pediría más abrigo a tía Elvira.

No hay comentarios:

Publicar un comentario