Promesa de amor.
Pocos comprendieron por qué. Ninguno pudo afirmar con certeza si lo que había sucedido obedecía a las reglas de este mundo o si había sido producto de mentes desquiciadas. Lo cierto y concreto fue que cuando hallaron los cuerpos la estupefacción y el sobresalto corrieron de inmediato por el pueblo como un candente chisme de vecindario. Es que incluso antes de saber con precisión de dónde provenía ese olor a podrido que desde hacía un par de días se filtraba hacia su casa a través del descampado trasero, la señora de Martínez sospechó que aquella hediondez no era algo normal, y así lo difundió a sus amigas en la peluquería, la verdulería de la esquina y demás negocios del pueblo.
Las dudas y maquinaciones de la señora de Martínez quedaron zanjadas cuando tras solicitar a las autoridades que revisaran el baldío se descubrieron los cuerpos de dos adolescentes en avanzado estado de putrefacción dentro de un Fiat 600 color beige que apenas se distinguía por entre la maleza ya crecida. Las pericias y las averiguaciones policiales confirmaron que se trataba de los dos adolescentes (Esteban Izaguirre de 22 años y Julia Domizzi de 21) que semanas atrás habían desaparecido sin dejar rastro en el pueblo vecino de Ormazábal, a escasos
Por el alto grado de descomposición se calculó que hacía al menos cinco días que habían muerto. Sin embargo, lo curioso, lo que atrapó la atención de los forenses fue la extraña posición en que fueron hallados los cadáveres: estrechamente abrazados y apretados uno contra el otro, como si fueran sendos cordones que se enlazaran en un solo nudo imposible de desatar, como si hubieran buscado compartir sus respectivas muertes como muestra tal vez de una total entrega. De manera que sólo al momento de separarlos pudieron conocer la causa del deceso: dos profundas y prolijas incisiones perfectamente realizadas a la altura de cada uno de sus corazones.
Una rápida exploración de los cuerpos confirmó lo que se esperaba, sus pechos estaban vacíos, huecos, sucios y rellenos solamente por astillas de huesos y pedazos de carne negra y maloliente, que cada vez con más premura seguía atrayendo a innumerables moscas.
Buscando en los recovecos del minúsculo auto los especialistas pudieron encontrar al pie de los cadáveres dos bolas contraídas de carne dura, oscura y seca del tamaño de un puño, restos que no tardaron en identificar como los órganos extraídos de la pareja.
Con el transcurso de las horas, la noticia se diseminó como una epidemia por el pueblo.
“¿Vieron que era algo raro? Yo les dije. Ese olor no era algo normal.”, repetía la señora de Martínez a cada uno de los conocidos a los que les había contado del extraño hedor en el baldío. No obstante la razón que hubieron de darle a la señora de Martínez por sus premoniciones, pocos tuvieron la suerte de comprender las verdaderas razones de lo que había sucedido.
Aún hoy se preguntan, quienes recuerdan con inevitable extrañeza el hecho, qué indecible fuerza pudo haberlos empujado a cometer semejante locura. Pocas son las respuestas sensatas. A nadie se le ocurre aventurar, acaso, una probable promesa de amor.
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