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lunes, 21 de junio de 2010

A ver poesía a qué sabe tu carne, quiero comerte despacio

A veces es preciso aguardar. Que no es lo mismo que esperar. Se aguarda que cese la lluvia, se aguarda que pase el ómnibus, se aguarda que ella salga del colegio para acompañarla hasta su casa, se aguarda que se disipe el polvillo para abrir los ojos; en cambio, se espera que una flor nazca, se espera que la enfermedad a sí misma se enferme y deje de ese modo el cuerpo que habita, se esperan nueve meses para contemplar la vida, se espera que alguien muera para tragar saliva, o bien para lanzar un espeso escupitajo al vacío.
Por eso me gusta aguardar, sobre todo a la poesía. Sólo cuando la poesía entra en celo es que puedo utilizarla (llámese: moldearla, morderla, manosearla, soñarla, violarla, asesinarla, escribirla, revivirla, callarla), sólo cuando presiento en el aire un perfume a rosas desangradas o cuando empiezan a brotar pequeñísimos tréboles celestes de las cortezas de los árboles, sólo en ese tramo de tiempo -que suele durar de dos a tres horas, siempre y cuando el cielo esté despejado y haya suave brisa- puedo hacer lo que quiera con ella, es decir, hacer lo que todo poeta hace con la poesía: penetrarla hasta que grite como una puta, hasta que chille como un cerdo, hasta que se ahogue en su propia respiración, hasta que diga “basta, basta, aquí tienes tu poema”.

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